Vale la pena el tiempo gastado en pintar paisajes perfectos en la nada, pero no hay punto de comparación cuando estos se atreven a salir de tu mente y son plasmados por los matices de la realidad en el firmamento. Completamente perdido en la inmensidad de aquel oceano, sin la suficiente imaginación para alcanzar a ver donde se termina el mar y comienza el cielo, azotado por olas de agua salada, acariciado por las nereidas y las sílfides; a total merced de la luna que ilumina el agua y transmuta la espuma en plata. Sentado en la arena esperando, tratando de obtener una respuesta, esperando a que ella deje de ser etérea y ante mí aparezca, a que mi angel emerja de la profunidad de aquel mar y pase toda una noche conmigo... pero ella no llega.
sábado, 20 de junio de 2009
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